Al Pacino y la judeofobia de las cosas

El peor desvío

Al Pacino

Podríamos exonerar a Radford, considerar que ha operado en esta obra alguna buena intención que zozobró arruinada por la atmósfera general. Cabe recordar al respecto un concepto de Zeev Jabotinsky, quien distinguió entre la judeofobia “de los hombres” y la “de las cosas”. A veces la judeofobia está tan arraigada en el prejuicio social que no requiere de la aquiescencia de los hombres. Asoma una y otra vez incluso si no se la provoca deliberadamente. Esta película  podría ser vista como resultado de la judeofobia de las cosas.

La biografía de Radford combina la europeidad (nació en la India en 1946 pero se educó en Oxford) con el mundo islámico (en el que se crió) y el interés por temas del cristianismo clásico (a mediados de la década del setenta filmó para la BBC documentales sobre la Madona y los Evangelios).

La pregunta es cómo logró arrastrar al americano Al Pacino a sus prejuicios judeofóbicos. Me parece que la respuesta está en el principal de los desvíos de Shakespeare que perpetra Radford.

Una escena de unos pocos segundos fue incorporada por el director, una que Shakespeare ni siquiera insinuó, y a la que resulta imposible representar con simpatías por el judío. Es la escena final, agregado espurio de Radford a la narración original.

Cabe recordar que en El Mercader, el segundo acto es de demonización, el tercero de humanización del judío, el cuarto de crítica a la sociedad cristiana. Pero el más sutil en su elocuencia es el quinto y último acto. En él, tiene lugar el final feliz que sólo puede darse cuando el judío desaparece de la escena para siempre. Si el judío ha querido por una vez en su historia vengarse  del cristiano, pues ha sido ingenuo. Todo el sistema legal estaba en manos cristianas y su audacia fue suicida. Obedezca, cállese, sométase, que no suponga que alguien le dará la justicia que pide, porque la sociedad entera brega por su “piadoso” castigo. Mutis, judío. La sentencia es degradante, y el último acto revela la única situación en la que la sociedad gentil podía admitir al judío: cuando éste no estuviera más. (El argentino Pablo Besarón ha escrito un excelente artículo que pone de relieve la profunda significación de esta ausencia en el acto quinto).

Pero Radford (y Al Pacino con él) arruina la fuerza del acto quinto al mostrarnos al final nuevamente a Shylock recuperado y observador. Su gesto es adusto, tal vez el judío acecha nuevamente para lanzarse en cualquier momento a violentar la rutina de los  gentiles que celebran y son felices, pero sólo cuando el malo de la película no está presente.

En Shakespeare, Shylock fue vencido y desaparece. En Radford no. Aún merodea. No se le ha castigado lo suficiente como para destruirlo. Con este broche, la pornomexxxicano.com firma del director ha puesto más claramente en evidencia la intención de la película.

De Macklin a Al Pacino

De Macklin a Al Pacino

La metamorfosis comenzó con Edmund Kean en 1814 en el Drury Lane, y llegó a su cúspide con Henry Irving, quien a partir del 1 de noviembre de 1879 interpretó un Shylock por el que la audiencia sentía simpatía. Decenas de excelsos actores lo han representado desde entonces, hasta una lograda versión de Dustin Hoffman en 1999.

Para construir un Shylock humano, el actor debe estar convencido de que esta opción es fiel al texto original, y esa convicción no parece lograrse fácilmente. A fines de junio de 2004 presencié en Montevideo una original muestra sobre El Mercader de Venecia dirigida por Ricardo Beiro, en la que sobresalía Jaime Yavitz. No logré persuadir a este eximio actor de que Shylock puede ser tierno y sensible, y no exclusivamente airado y resentido.

En el caso de un profesional tan versátil como Al Pacino, aun cuando algunas escenas lo revelan como un actor superior, decepciona que no consiga ofrecernos una verdadera perla de la cinematografía.

El Mercader fue la más popular de las obras de Shakespeare, pese a las limitaciones que le impuso combinar comedia con tragedia, y a pesar de la inverosimilitud de una buena parte de su argumento (el contrato imposible y la absurda competencia de los cofres, entre otros aspectos).

No es arduo mostrar que la película es judeofóbica. Baste con enumerar una decena de facetas en las que Radford precisamente se desvía del original shakesperiano.

1) Para despejar las acusaciones de judeofobia que de otro modo se habrían volcado con mayor naturalidad, Radford tuvo un acierto: insertó al comienzo de la película una descripción de las limitaciones a las que se veían sometidos los judíos en la Venecia medieval y renacentista. Obviamente este agregado no es de Shakespeare y la audiencia queda advertida por Radford, desde el principio, de las prohibiciones sobre la propiedad, del sombrero rojo obligatorio, del gueto y sus restricciones y, sobre todo, de la obligación de prestar dinero como único escape laboral debido a las limitaciones del medio.

Esta secuencia inicial es útil, y predispone la empatía del espectador con respecto a los padecimientos de los judíos, ya que se ven claramente la quema de textos judíos y otros atropellos. Pero en realidad, las viejas acusaciones contra los judíos son aquí desnaturalizadas. Las excusas para insultar a los judíos, mancillarlos y acosarlos, no eran que “prestaban dinero a interés”, como explica Radford, sino que “bebían sangre de niños, eran deicidas, diabólicos”, etc. Todo esto Radford lo soslaya, tal vez porque así desenmascararía con mayor rapidez cuan vitriólicos y letales eran los prejuicios. No es cierto que las persecuciones hubieran sido exclusividad de “los fanáticos religiosos” como explicita el texto introductorio de Radford; eran parte de una mitología muy difundida.

2) Para Radford, los cristianos protagonistas del drama, son básicamente muy buena gente. Por el contrario, Shakespeare no vaciló en hacer de los enemigos de Shylock oportunistas, holgazanes y soberbios, buscadores de fortuna, hipócritas. Basanio quiere casarse con Portia por dinero, pero le reprocha a Shylock su codicia. Los cristianos predican misericordia al prestamista, y mientras lo regañan, se quedan con todos sus bienes y lo destruyen sin piedad. El típico maniqueísmo antijudaico fue denunciado por el bardo pero perpetrado por Radford.

3) Éste no muestra que Portia intenta contrastar la “Vieja Ley” judía con el amor cristiano, la estricta justicia veterotestamentaria con la humana piedad de los Evangelios, representada nada menos que por el mercader Antonio y la vengativa farsante. En la película de Radford el carácter humano y sensible de los cristianos protagonistas contrasta con la bajeza de las intenciones de Shylock y Tubal. Y con ello desaparece balanceada crítica social de Shakespeare.

4) En este sentido, la mala intención de Radford se pone en evidencia especialmente con el dux y juez de Venecia, que Anton Rodgers caracteriza como una persona noble y equilibrada. El texto original de Shakespeare (que en este caso fue eliminado del filme) exhibe un dux que insulta al judío desde el comienzo mismo del juicio, en el que más que actuar como juez, se suma a una de las partes identificándose con sus prejuicios judeofóbicos. En la película se evapora por lo tanto la crítica que en la obra de Shakespeare se destila contra la cristiandad: predican la piedad y en nombre de ella cometen atropellos. Uno es que la demanda legal contra Antonio deviene en un juicio contra Shylock, que en realidad era el demandante. Es el judío quien fue despojado de su derecho a la justicia en un sistema legal enteramente dominado por cristianos que le son hostiles.

5) Es notable al respecto el comportamiento de la masa humana que asiste al juicio, imaginada por Radford de modo muy elocuente. Cuando Shylock quiere matar a Antonio, todos le impetran en gritos piadosos que no lo haga. Pero cuando Shylock es vencido, y resulta totalmente natural presenciar los gritos de escarnio y venganza contra el judío, el silencio respetuoso de la multitud es muy poco creíble. Evidentemente, Radford se ha propuesto absolver a todos los cristianos de culpa y cargo.

6) De este modo, todo el juicio ha quedado transformado y pasa a ser un arma para acusar al judío. Se han minimizado sus aspectos improcedentes: que el juez simpatiza abiertamente con el acusado aun antes de comenzar las deliberaciones, que permite a quienes son parte interesada (Basanio y Graciano) interferir con insultos a mansalva, que en desafío de la lógica y la ley se prohíbe el procedimiento requerido para cumplir con la sentencia, que se desvía del cargo que ha convocado a la corte hacia acusaciones contra el demandante y, finalmente, que el escandaloso veredicto incluye que el reo deje su fortuna a Lorenzo para que éste despose a su hija y que se convierta al cristianismo.

7) Aun la oprobiosa imposición del bautizo a Shylock (que revela a todas luces la intolerancia de la época) es presentada en el filme humanamente. El excelente actor Jeremy Irons interpreta un Antonio de bonhomía que es sólo víctima del judío perverso, un Antonio con el que difícilmente el público no se identificará.

8) Cabe recordar el monólogo del tercer acto, en el que Shylock explica a sus congéneres los motivos de su saña contra Antonio:

“Me ha arruinado… se ha reído de mis pérdidas y burlado de mis ganancias, ha afrentado a mi nación, ha desalentado a mis amigos y azuzado a mis enemigos. ¿Y cuál es su motivo? Que soy judío. ¿El judío no tiene ojos? ¿El judío no tiene manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones? ¿No es alimentado con la misma comida y herido por las mismas armas, víctima de las mismas enfermedades y curado por los mismos medios, no tiene calor en verano y frío en invierno, como el cristiano? ¿Si lo pican, no sangra? ¿No se ríe si le hacen cosquillas? ¿Si nos envenenáis no morimos? ¿Si nos hacéis daño, no nos vengaremos?”.

Esta era la gran ocasión de la película para humanizar al judío. Y aquí quien fracasa es Al Pacino, que hace a un lado el tono de profundidad y apelación que sentaba perfectamente bien, y lo reemplaza por uno de iracundia y negociación. Al Pacino naufraga, probablemente guiado por la atmósfera general de la película de la que Radford es responsable.

9) En el clímax del relato, durante el juicio, el efecto visual de Shylock a punto de sajar a Antonio, es abrumador. El judío va a acuchillar, quiere hacerlo, en una escena digna de Mel Gibson, pero no del buen cine. La camisa de Antonio es desabrochada, el torso desnudo espera angustiado, el judío insaciable va a crucificar una vez más.

Recursos y Artículos

Recursos y Artículos

El Departamento de Hagshamá trabaja con bogrim de Movimientos Juveniles Sionistas, organizaciones estudiantiles y de liderazgo juvenil que activan en el seno de las comunidades judías del mundo, ofreciendo asistencia, ayuda presupuestaria y actividades tales como congresos, seminarios, reuniones estudiantiles, viajes a Israel y conferencias educativas.

Gustavo D. Perednik es director del Programa de Educación y Esclarecimiento
Judaico y del Programa Ai Tian de Esclarecimiento Judaico
en China

Graduado de las Universidades de Buenos Aires y de Jerusalem (cum laude),
completó en Nueva York sus estudios de doctorado en filosofía. Cursó
humanidades en las universidades de La Sorbonne (Francia), San Marcos (Perú)
y Uppsala (Suecia).

Escribió seis libros que recibieron excelente crítica y premios literarios
internacionales, y fueron parcialmente traducidos a varios idiomas. Publicó
más de mil artículos en varios idiomas, acerca del judaísmo y la modernidad.
En la Argentina fundó y lideró el Centro Hebreo Ioná, y en Israel fue
distinguido como profesor sobresaliente de la Universidad Hebrea de
Jerusalem, en la que dirigió los programas Cuatrienal y Preparatorio, y creó
el programa Sheli de estudios en castellano. Dirigió el Instituto para
Líderes del Exterior y el Centro Educativo Sefaradí.

Invitado a dictar conferencias a más de cuarenta ciudades en los EE.UU.,
Europa, Latinoamérica y China, fue profesor invitado en decenas de
universidades españolas y latinoamericanas. Dos mil estudiantes siguieron su
curso La Naturaleza de la Judeofobia, que se transmite por Internet en
castellano e inglés. Su libro La Judeofobia, acerca de las raíces del odio
antijudío, fue publicado por la Universidad de Panamá, y en edición ampliada
en Barcelona en 2001. La versión portuguesa fue publicada en Brasil en 2002.

De cómo la nueva versión cinematográfica de El Mercader de Venecia de Shakespeare refuerza los prejuicios judeófobos contra la figura de Shyloc, lejos de las intenciones del célebre bardo.

Desde hace años intento reivindicar la opinión minoritaria de que Shakespeare, lejos de haber sido judeofóbico, tuvo en El Mercader de Venecia (1596) el designio de rehabilitar la imagen del judío. También lo he publicado en esta sección. Un artículo en la misma línea fue escrito por Michael Radford, guionista y director de la reciente película protagonizada por Al Pacino. Sorprende, porque si bien Radford tiene razón en exonerar al bardo, él mismo sale culpable del escrutinio: no hay judeofobia en Shakespeare; la hay en Radford.

La intención de El Mercader de Venecia fue probablemente rescatar al israelita de los prejuicios medievales, y fue escrita en parte como respuesta a la demonización de Marlowe en El judío de Malta unos años antes. Shakespeare puede bien emerger inocente; la película de Radford no.

En realidad, quien comenzó por hacer de Shylock un monstruo no fue su creador, sino el actor que lo protagonizó durante casi medio siglo, Charles Macklin. Hasta el siglo XVIII la obra era presentada mayormente en adaptaciones cómicas hasta que Macklin descubrió la veta seria de Shylock, lo representó con virulencia en los teatros ingleses hasta su muerte en 1797 y fue irónicamente conocido como “el más famoso judío de Inglaterra de todas las épocas”.

Macklin irrumpía en el escenario con una balanza en su mano izquierda y un largo cuchillo en la derecha, reclamando lascivamente la libra de carne como lo habría hecho un asesino ritual. Afilaba su cuchillo sobre el piso del escenario y despertaba en la audiencia un odio visceral por el judío. La actuación de Macklin transformó a quien era un prestamista antipático, en un cruel asesino. (No le habría resultado muy difícil la caracterización, ya que él mismo había asesinado a un actor en 1735, aunque eventualmente fue puesto en libertad). Debido a Macklin las voces “judío” y “Shylock” pasaron a ser una suerte de sinónimos en inglés. La faceta humana que Shakespeare había incluido en la obra pasó inadvertida por un siglo, hasta que actores posteriores lo devolvieron a su cauce humano.